
La tecnología,- con su dinamismo arrollador no ha dejado espacio en el que no esté presente, al punto de hacerse casi imprescindible.
Verdaderamente en la época que nos toca vivir, resulta por demás difícil ver plasmado el concepto de libre albedrío en su más elemental concepción.
Podemos encontrar su causa tal vez, en su no ejercicio, lo que nos llevaría a otras causales, las que prefiero dejar en manos de los especialistas que seguramente podrán ilustrarnos con maestría.
Más bien hallaremos en dicha falta de ejercitación, la causa toda de cierto determinismo imperante.
Algunos procesos de cambios ya arraigaron lo suficiente y no parecen tener intención de retroceder.
Han modificado conductas, espacios y tiempos, de manera que cuesta entender si se trata de evolución, o de la literal abolición de las riquezas intelectuales y lingüísticas reconocidas por el hombre a lo largo de la historia.
Si parece una exageración.- imaginemos escribir la letra de un tango, la que diría algo así: En donde el compadrito apoyado en el farol del ciber, muy abrumado por la traición de una pollera, para matar su pena, desenfunda su iPhone, para llevar su llanto amargo al Facebook.
Sirvan estas líneas, de introducción a circunstancias comprobables en la vida diaria, que sinceramente preocupan.
Sin baterías
A lo que con gran fervor antepongo un muy cerrado rechazo, es a transformarme en un pseudo aparato,- “hibrido social inalámbrico”; el rechazo proviene de sus mas que significativas consecuencias,- tanto, como las alienantes que acarrea la condición de “aparato”.
El aparato al que hago referencia, coloca a disposición de nuestros sentidos y caprichos,- en cualquier hora y lugar, todo nuestro bagaje existencial,- miserias incluidas,- de allí, que con sorpresa podemos encontrarnos, ya sea,- en un transporte público,- en el trajín peatonal o aeróbico, en un cine o en un teatro, etc. etc., asistiendo sin proponernoslo a exhibiciones histriónicas extras, y todo por el mismo precio, que es: mantener la batería cargada,- como condición necesaria para que en el ámbito que fuere, podamos saber que en la cartera de la dama, o en el bolsillo del caballero se guarda el control.
Control que transformó significados, costumbres y derechos.
Hoy perder el control es una frase que remite a un objeto,- no, a una situación emocional determinada.
Surrealista imagen la de personas en virtual comunicación,- de pronto un sujeto me explica, que los insultos que profiere no me tienen como destinatario,- como tampoco soy responsable de las lagrimas de decepción y tristeza de una señorita que me mira, mientras parece hablarle… a la nada.
Como nada perturba a quienes, todo el día llevan incrustado en sus hendiduras auditivas, unos adminículos que parece transportarlos a un mundo de autistas.
Se trata de una patética realidad que no permite imaginar la nueva historia a construir desde la virtualidad del hombre moderno.
Desafío mayúsculo resultará el transmitir las historias construidas por la humanidad,- la de carne y hueso, esa que aburre por carecer de tecnología.
Hazañas como las de San Martín, o Napoleón, o J. Cesar, parecen ridículas sin GPS.
Quizás en un tiempo no muy lejano, nos veamos sorprendidos con alguna publicidad que nos sugiera, que mediante un sencillo implante,- en nuestra desprevenida mollera poseamos la enciclopedia británica,- y en orden descendente para los menos ambiciosos de contenidos, podrán incorporarse mediante una píldora, un gran contenido mediático histórico de última hora.
Lentamente, giraba el molino.
Siguiendo el camino de sus sueños,
Lentamente, se alejaba Rocinante.
Mientras cerraba aquel libro virtual que se llamaba “Transformers de La mancha”.
-Muy barroco, abuelo,- me decía mi nietito, después de haber escuchado la lectura,- al tiempo que colocaba los dedos en el enchufe.
Ante el estupor que me provocaba semejante escena y al grito de…que ¡haces!!! Me responde,… tranquilo abuelo, cargo las baterías.
Sintiéndome una vieja vitrola, me fui a dormir, pero por si las moscas, me puse a inspeccionar la dentadura para ver si tenía baterías, no fuera que mientras dormía me engullera solo.
Recobrando la cordura me propuse no leer más ficción,- y apagué la luz con la esperanza de poder soñar,… en Lo que el viento, se llevó.